En el repliegue nocturno, a cuatro horas de iniciada la batalla, grupos de manifestantes que exigen la salida del gobernador quemaron una gasolinera, oficinas de gobierno, negocios, hoteles y vehículos, los cuales colocaron como barricadas, y destruyeron semáforos y el alumbrado público.
Los rebeldes se mantenían atrincherados en el parque conocido como El Llano e incendiaron el Teatro Juárez, antes sede del Congreso.
Por las calles oscuras, grupos de turistas que estaban hospedados cerca del Tribunal de Justicia que ardía en llamas y que está ubicado junto a una gasolinera, empujaban sus maletas, intentando conseguir algún taxi, para salir de la ciudad capital.
De manera preliminar, se conoce que anoche ardían, además de la gasolinera mencionada, las sedes de los tribunales federal y estatal, el ex cine Versalles y la representación de la Secretaría de Relaciones Exteriores, pero en ninguno de los casos intervino el H. Cuerpo de Bomberos.
“¡Aquí esta empezando la primera revolución del siglo XXI!”, proclamaban algunos de los rebeldes durante la batalla, en su mayoría estudiantes, maestros y amas de casa, que iban preparados con máscaras antigás, viseras, cascos, paliacates o simples pañuelos humedecidos en vinagre.
Cuando las batallas cesaron, la oficialista Radio Ciudadana llamaba a la gente a salir a las calles y vengarse de los manifestantes, mientras que Radio Universidad exhortaba a la gente a no replegarse y “dar el último jalón” para expulsar al gobernador y a la Policía Federal Preventiva.
El caos fue aprovechado por varios pistoleros que dispararon desde sus automóviles contra la turba e hirieron a un joven en el jardín Conzatti, cerca del Arzobispado.
Flavio Sosa, uno de los líderes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), convocante de la marcha que terminó en revuelta, culpó a policías ministeriales de las agresiones.
Hasta el cierre de esta edición no se sabía el número exacto de heridos ni si hubo muertos. En el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca fueron atendidas decenas de personas intoxicadas y, por lo menos, 12 lesionados, entre ellos tres trabajadores de los medios informativos.
Sin embargo, enfermeros espontáneos socorrieron en las calles a un sinnúmero de personas quemadas por bombas molotov y cohetones, descalabradas, sofocadas y aplastadas por los manifestantes que huían de las gaseadas.
Este fue el saldo de la séptima megamarcha en contra del gobernador, que tenía como objetivo cercar pacíficamente a la PFP por 48 horas, para obligarla a retirarse del estado.
Los antiulisistas salieron a las 11 de la mañana de Santa María Coyotepec, en las inmediaciones de la casa oficial de Gobierno, donde despacha Ulises Ruiz Ortiz, y caminaron 20 kilómetros. Miles de personas se sumaron durante el trayecto.
En el zócalo, los federales habían colocado en varias calles cercos de alambre de púas conectados a postes de luz y protegido los parabrisas de las tanquetas para evitar la penetración de piedras.
Durante un par de horas que estuvieron frente a frente no hubo ataques. A las cinco de la tarde, los antiulisistas lanzaron piedras a los federales —quienes resguardaban la calle Alcalá—, en protesta porque detuvieron a un joven que cargaba botellas, y a cambio recibieron gases lacrimógenos.
Entonces se desató una guerra de bombas molotov, gases lacrimógenos, piedras, canicas, cohetes y chorros de agua con químicos, que se extendió, como dominó, por cinco calles del andador turístico y varios kilómetros a la redonda.
Esta batalla se dio dos días después de que el gobernador Ulises Ruiz Ortiz declaró que el conflicto en la entidad había acabado, luego de que los maestros reanudaron las clases, y a unas horas de que dos líderes del movimiento fueron encarcelados.
La calle Alcalá, donde se ubica el antiguo convento de Santo Domingo, se convirtió en el principal frente de batalla y en un callejón sin salida lleno de intoxicados, debido a que los policías lanzaban gases y canicas desde las azoteas para desalojar el corredor.
La policía avanzó sobre calles aledañas al zócalo para dispersar a los manifestantes y llegó hasta la plaza de Santo Domingo, ubicada sobre la calle de Alcalá, donde la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca instaló su campamento central, luego de que la Federal Preventiva ocupó la plaza principal en octubre pasado.
Los elementos de la corporación policiaca avanzaron en varias ocasiones y los manifestantes estuvieron a punto de arrollarlos con una pipa de agua y dos camiones urbanos que se abrían paso sobre el angosto corredor comercial, pero los vehículos fueron detenidos antes de impactarse.
En una de las pausas de la refriega, aproximadamente a las 18:30 horas, Flavio Sosa Villavicencio dijo que la situación estaba fuera de control. Él y varios líderes exhortaron a la gente a replegarse, pero la turba los ignoró y les recriminaron no haber estado en la primera línea de batalla.
Al ver la anarquía, los líderes trataron de deslindarse de los inconformes que rompían vidrios y echaban gasolina a los negocios encontrados a su paso, y dijeron que eran provocadores.
Cerca de las 19:00 horas ya se habían registrado al menos diez enfrentamientos en igual número de bocacalles resguardadas por los policías federales. Un grupo entró por la fuerza al hotel Camino Real para sustraer cajas de refrescos de cola y con ellos contrarrestar los efectos del gas lacrimógeno.
Por la noche, el gobernador Ulises Ruiz, en conferencia de prensa en un hotel citadino, aseguró que al menos 60 personas han sido detenidas tras los enfrentamientos y culpó de los actos “vandálicos” a grupos radicales de otros estados.
Por la radio se especulaba que el Ejército podría entrar a la ciudad de Oaxaca esta madrugada, mientras trascendía que soldados realizaban patrullajes para intentar contener la anarquía.
MARCELA TURATI Y PATRICIA BRISEÑO