Oaxaca - Managua
por Luis Ortiz
Cuando era niño, allá por el 83 u 84, recuerdo que en una ocasión acompañaba a mis abuelos a abrir el negocio familiar. La sorpresa fue que al llegar a la calle de Independencia, en el corazón de la ciudad, se encontraban unos tanques de guerra, unas barricadas, fogatas, y demás señales de que se había iniciado una guerra. No fue para menos el susto de mis abuelos, aunque yo era muy pequeño para tomar conciencia de las proporciones del asunto. Pero, por suerte, la alarma pasó pronto, ya que en realidad no había comenzado ninguna guerra: se trataba del rodaje de "Bajo fuego" una cinta hollywoodense en la que se abordan los últimos días de la dictadura de Somoza en Nicaragua.
Los productores norteamericanos habían elegido a la ciudad de Oaxaca para convertirla en Managua, la capital de aquel país. El simulacro bélico se conviritió en una situación extraordinaria para los oaxaqueños: los niños observaban a los extras correr por las calles, mientras se escuchaban balas de salva. Jeeps militares cruzaban las principales avenidas de la ficticia Managua y helicópteros zurcaban los aires, emulando aquella guerra centroamericano. Mientras tanto, Nick Nolte, Gene Hackman, Joanna Cassidy, Ed Harris y otros artistas gringos firmaban autógrafos mientras tomaban un café en el Zócalo.
Hoy veo las imágenes en televisión del conflicto APPO-URO. Oaxaca se ha convertido en Managua, en aquella Managua de la guerrilla sandinista, no ya en la ficción sino en la realidad. Desde luego, difícilmente se puede hacer una equiparación exacta entre uno y otro acontecimiento. La violencia en Oaxaca todavía no alcanza los niveles de aquella revolución, pero todo es cuestión de grados.
Sin embargo, existen muchos paralelismos entre lo acontecido en aquella película y lo que hoy en día sucede en la ciudad sureña. En el film, casi al final, dos periodistas norteamericanos recorren en automóvil las calles de Managua, en el punto crítico de la revolución. Uno de ellos -interpretado por Hackman- desciende del vehículo para preguntarle a unos soldados la manera de regresar al hotel, mientras su compañero -Nolte- espera. En ese instante, uno de los militares descarga una ráfaga de su fusil, cayendo muerto, ante la impávida mirada de su colega, quien aprovecha la ocasión para fotografiar ese terrible suceso. Al percatarse de ello, los militares persiguen al reportero, y tras mil peripecias, consigue enviar las fotografías a los medios norteamericanos. En una de las escenas finales, una de las periodistas -Cassidy- se encuentra en un hospital donde yacen los heridos de la guerra, y observa por la televisión las imágenes de su compañero, que capturan el instante en que es muerto por los soldados de Somoza. En ese momento, una de las enfermeras -interpretada por la actriz mexicana Patricia Reyes Espíndola- se acerca con la norteamericana y le dice: "Ojalá hubieran matado a un periodista norteamericano al principio de esta guerra..."
¿A qué venía esta afirmación? Este acontecimiento habría en la trama de la película la entrada de un tercero en el conflicto (protagonizado, hasta ese momento, por las huestes de Somoza y los sandinistas): el asesinato del periodista presionaba a que el gobierno de Jimmy Carter, de quien se esperaba apoyara militarmente al dictador centroamericano, se mantuviera al margen de la guerra, cuya consecuencia sería la irremediable caída de la dictadura.
Al igual que en aquella ficticia Nicaragua, hoy en Oaxaca hay un norteamericano muerto, en otros tantos que se han dado en los últimos meses. Pero hay muertes que son significativas, tanto así que superan cualitativamente cualquier cantidad de muertes llevadas a cabo por la violencia. Esas muertes son las que determinan el flujo de los acontecimientos: de no haber muerto aquel periodista norteamericano, posiblemente no habría llegado a termino la guerrila nicaragüense.
Ante los recientes acontecimientos, los que ocurren en el México real y no en la Nicaragua de la ficción, el gobierno federal ha decidido intervenir en el conflicto y dejar la simulación. Desde luego, es aquí donde la realidad excede cualquier trama fílmica: ante el estado de deterioro en el que se encuentra el conflicto, díficil es esperar un final feliz como en cualquier argumento de cinta hollywoodense. Sin duda, es igualmente complicado establecer los roles de "bueno" y "malo" a los actores del conflicto; para nuestra desgracia, no existe un guión y aquellos que pudieran parecer como los buenos de la película actúan justo como lo opuesto. La historia nos vacuna de caer en semejantes reduccionismos. El gobierno de Ulises bien pudiera pasar como el Somoza de nuestro tiempo, pero los métodos y procedimeintos de la APPO, distan mucho de ser los idóneos para buscar un cambio social viable, dado el desbordamiento de violencia que han mostrado. La sociedad oaxaqueña está profundamente herida, y la desesperación alcanza niveles poco antes vistos, al menos en la historia reciente de nuestro país.
¿La caída del tirano Ulises significará el final feliz de esta amarga película? ¿El gobierno federal realmente podrá conseguir el diálogo entre las partes, a fin de conseguir la ya reiterada promesa de solución del conflicto? El desarrollo de la historia está abierto, se construye a cada paso y no hay manera de vaticinar el futuro. No hay un Dios-cineasta que haya escrito de antemano el libreto del mundo. Ni plegarias que resuelvan los conflictos de los seres humanos.
Esto es lo que distingue nuestra realidad de cualquier reconstrucción virtual, ya sea fílmica o de otro tipo. No, Oaxaca no se ha convertido en Managua, ni la verdadera ni la ficiticia de "Bajo Fuego" y la razón de ello es la apertura de la historia. Es esta apertura trágica de la historia, la que funda la angustia ante el azaroso devenir de los acontecimientos, pero también la que abre el camino a la esperanza.


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