Kafka y el mole de olla
publicado el 17 de octubre en Excélsior
"¡Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó!". El grito se repite, monótono y cansado, en los dos zócalos. Homérico. Como extraído de la Odisea. Rebota en las vetustas paredes, proferido con voz ronca y lastimera, una y otra vez, por Polifemo, el cíclope cegado.
Hace ya meses que se extiende el "conflicto" oaxaqueño, como lo llaman aquellos que no saben, que escogen no saber, lo que es un conflicto. Porque, en efecto, la situación en la capital del estado de Oaxaca no puede, en sentido estricto, ser calificada como un "conflicto".
Para que un conflicto exista, para que el conflicto se instale, es imprescindible que haya un enfrentamiento de intereses y de razones. Intereses y razones que no necesariamente son legítimos. De hecho, los de una parte siempre parecerán ilegítimos a la otra. Pero ese enfrentamiento de propósitos y argumentos debe existir.
Si yo voy caminando por la calle y le doy un puñetazo en la nariz al primero que se me cruce en el camino, no se puede decir que ahí existe un conflicto. Lo que hay es una agresión, o una hijez de la chingada, como usted quiera. Pero un conflicto no.
El conflicto propiamente dicho puede producirse después, a raíz de la agresión. O puede no producirse. Depende, entre otras cosas, de la fuerza del puñetazo y del carácter de la víctima. De la misma manera, no tiene sentido afirmar que existe un conflicto entre Estados Unidos e Irak. Ni siquiera entre el gobierno gringo y la resistencia iraquí. De nuevo, se trata ahí de una agresión.
Para que podamos hablar de conflicto es preciso que haya dos partes, en términos relativos de igualdad. No basta que haya un agresor y una víctima. Imagine al que dijera "Estoy metido en un conflicto. Anoche se metieron a robar a mi casa". Sin sentido. Sería llevar la eufemística a niveles absurdos.
No sólo las agresiones unilaterales quedan fuera del dominio de definición del conflicto. También las provocaciones, por ejemplo. Las provocaciones a menudo tienen la intención de inducir —provocar, precisamente— un conflicto, pero no bastan.
Exactamente eso es lo que sucede en Oaxaca. Ahí no hay conflicto alguno. Hay, sí, una provocación, instrumentada por dos sectores a los que de momento no voy a poner nombre y apellidos. Ni falta que hace. Uno, los enemigos del PRI, en general. Y el otro, que no necesariamente es otro, aquellos que quieren negociar posiciones en el próximo gobierno federal a base del chantaje. Entre los que lo arman, los que lavándose la manos lo dejan pudrirse, y los que se encaraman, no hay gran misterio ahí.
Instrumentada por grillos sombríos, pues, y protagonizada por los sectores más lúmpenes de la población suburbana. Como suele acontecer en estos casos. Si maestros fueran, maestros lúmpenes serían. Y la provocación hubiera funcionado si hubiera podido generar un conflicto. Pero no pudo.
El gobierno de Ulises Ruiz nunca respondió. No cayó en la provocación. Le tomaron todo lo tomable y el gobierno estatal se abstuvo de intervenir. Intentó tímidamente reaccionar y reprimir, pero salió escaldado. El reprimido fue él. Y decidió inhibirse. Quién sabe si hizo bien.
Si los veintidoses y los populares-de-los-pueblos hubieran entonces construido un discurso, esgrimido razones para exigir la renuncia del gobernador, entonces habría surgido un conflicto. Un auténtico conflicto, al margen de a quién concediera uno la razón.
Pero no, nunca pudieron. Al no haber respuesta represiva, tuvieron que inventarla, pero tampoco pudieron sostenerlo. Nunca encontraron razones, ni legítimas ni ilegítimas. Y el "movimiento" se limitó a exigir la destitución del gobernador, así nomás. Porque sí.
Me sorprende mucho escuchar algunas voces normalmente razonables, sumarse al coro de los cíclopes, y opinar que Ruiz debe marcharse. ¿Por qué? Porque sí. "Porque así se resuelve el conflicto", es lo más pertinente que pueden esgrimir. Deplorable.
Pero la mejor "razón" en favor de la salida de Ulises, y que he escuchado incluso de boca de los propios beligerantes, es definitivamente kafkiana: "porque no supo controlar la situación, y se le salió de las manos". Estupendo. Es como el adolescente que recrimina al padre ser un blandengue que no lo sabe meter en cintura.
Antes de las elecciones, el objetivo era clar segar la hierba bajo los pies de Madrazo. Y les salió bien. Tanto, que después de constatar su triunfo y retirarse momentáneamente ("se acabó", declaró Polifemo Rueda Pacheco el 4 de julio) regresaron con nuevos bríos, a catafixiar tranquilidad a cambio de prebendas. A río revuelto, lo que aparezca.
Cuando lea usted éstas líneas, dilecto lector, a lo mejor ya sabrá del dictamen de la Cámara alta. Los legisladores tienen en sus manos el sentar un nuevo precedente. Que el dios de los demócratas los ilumine. En estos tiempos de secuestros, hasta los señores senadores pueden abandonarse a la noble práctica de desaparecer Poderes. Esperemos que el ganador final no sea precisamente Franz Kafka.
MARCELINO PERELLÓ


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