sábado, octubre 28, 2006

Reflexiones sobre Oaxaca

por Mauricio Rossell
publicado el 28 de octubre en El Universal


Se han cumplido cinco meses del estallamiento del conflicto en Oaxaca y el panorama se muestra cada día más oscuro. El movimiento social que inició como una demanda de reivindicaciones salariales para los maestros (no sé si justas, pero al menos legítimas y que además ya han sido cubiertas con creces), se ha transformado hoy en un grave conflicto político que nos recuerda muchos de los problemas estructurales que penden sobre nuestro futuro como nación.

En primer lugar, este conflicto pone en evidencia el agotamiento de las viejas formas de hacer política, la ausencia de canales adecuados para sacar avante los conflictos y la disolución de los controles por parte del Estado. Los errores: la abdicación al poder y al uso de la persuasión e incluso de la fuerza pública como vías para garantizar el cumplimiento de la ley e incentivar la negociación, por parte del gobierno estatal y también del federal; la costumbre (que se hizo regla) de otorgar prebendas para controlar los problemas sociales; y la ausencia de modelo integral de desarrollo que permita ofrecer un futuro más promisorio a la sociedad, propiciaron que este problema adquiriera las terribles dimensiones que tiene hoy y que su solución se haya complicado tanto.

El conflicto no parece ofrecer salidas ni de un extremo ni del otro y por ello la desesperanza es creciente. Si se impone la renuncia de Ulises Ruiz, ello podría convertirse en un mal precedente a nivel nacional que incluso afectara a Felipe Calderón, sobre todo teniendo en cuenta los problemas postelectorales que su elección suscitó.

Y si se presiona su permanencia, el menoscabo causado a su investidura en términos de legitimidad dificultará a éste enormemente la acción de gobierno. Y como siempre, los perjudicados son nuevamente los ciudadanos, los niños de Oaxaca, que seguramente perderán el año escolar.

La crisis oaxaqueña patentiza también el anacronismo que viven nuestros sindicatos. Organizaciones a quienes no hemos podido transformar a pesar de que han descuidado su tarea esencial de representación social y de coadyuvancia en el logro de la meta colectiva de la justicia social. Y a quienes hemos permitido convertirse en fuertes estructuras de presión política, capaces de poner en jaque al gobierno y de influir en decisiones de carácter normativo que deberían reservarse exclusivamente a éste.

Los sindicatos no pueden seguir siendo más las estructuras burocráticas y verticales de poder que han sido hasta ahora. La realidad actual exige que los sindicatos sean capaces de convertirse en órganos corresponsables del desarrollo y la competitividad del país y promotores de la conciliación y cooperación mutua entre el gobierno, los patrones y los trabajadores.

Lo cual exigirá muchas transformaciones. Por lo pronto, podríamos empezar por su democratización y quizás, por qué no, por su federalización como vía para descentralizar sus procesos de toma de decisiones y fortalecer su representatividad. Si la educación ha sido descentralizada no se entiende por qué el sindicalismo no puede serlo también.

El problema oaxaqueño llama la atención también sobre la necesidad de atender el grave problema de educación que afecta al país y que se manifiesta básicamente en deficiencias en materia de profesionalización, calidad y cobertura.

Déficits que podrían atenderse adecuadamente replanteando la orientación que hasta la fecha se ha dado al tema de la educación, en especial a la educación pública. Aspecto en el que lo fundamental consiste en determinar si se debe seguir subsidiando la demanda (como se ha venido haciendo) o lo que debe subsidiarse es la oferta, como se hace en otros países.

Y finalmente hace patente la importancia de asegurar un nuevo federalismo que disminuya la gravísima brecha que divide a los estados ricos del país de los pobres y que impide el progreso colectivo. De suscribir un nuevo pacto federal entre los estados, reconocido por la Constitución, que abra la puerta a la creación de fondos de compensación regional que nos permitan trasladar recursos de los estados ricos a los pobres y así fortalecer el desarrollo integral del país.

La crisis oaxaqueña no podrá solucionarse si no se tienen en cuenta las múltiples aristas que la sostienen. Ojalá los daños y los meses de parálisis que han afectado a Oaxaca sirvan al final para algo.

MAURICIO ROSSELL