Oaxaca y Darfur
publicado el 24 de octubre en Excélsior
No pude dejar de pensar en Oaxaca cuando leí el artículo de George Packer en el New Yorker a propósito del genocidio de Darfur. Titulado “Inacción internacional”, comienza diciend “Darfur —el más grave desastre humanitario del mundo, que últimamente se está deteriorando y que se pondrá aún peor en las próximas semanas— revela perfectamente la política internacional del momento, enseñando todos los actores principales tal cual son, a diferencia de como les gustaría aparecer”.
En Darfur, Sudán, el conflicto comenzó entre los Yanyauid, una milicia apoyada por el gobierno, en contra de grupos independentistas locales. El asunto se ha complicado en la medida en que muchas de las tribus, verdaderos grupos de bandidos armados, comenzaron a guerrear entre ellas. Y aunque todos profesan la misma religión (musulmana), el resultado ha sido el desplazamiento de dos millones y medio de personas y el genocidio, por razones de “limpieza étnica”, de 400 mil vidas. En su artículo, Packer hace el recuento de cómo Estados Unidos, la Unión Europea, China y los países vecinos de Sudán discursivamente afirman su preocupación por Darfur, pero en la práctica no hacen nada por resolverlo.
La dimensión del conflicto en Oaxaca no tiene comparación con la catástrofe humana de Darfur. Sin embargo, hay algo parecid mucho ruido y pocas nueces. Ríos de tinta discursiva y nada de soluciones. Innumerables mesas de negociación, donde todo mundo se dice preocupado y dispuesto a cooperar, que son meras simulaciones.
Un día nos levantamos con la buena nueva de que Oaxaca está a punto de solucionarse, para el día siguiente enterarnos de que la noticia era una entelequia. Mientras tanto, su capital continúa secuestrada, los niños oaxaqueños siguen sin ir a clases y ya hay una docena de muertos a consecuencia del conflicto.
Como en Darfur, es una cuestión de incentivos. El gobierno de Ulises Ruiz quiere a toda costa quedarse, por lo que, cuando comienzan las presiones para que renuncie, aviva el conflicto a fin de causar más miedo en la población y la clase política nacional. El objetivo es que se piense que Ulises es mejor opción a la bola de bárbaros barbados o encapuchados que misteriosamente aparecen baleando.
Por su parte, la Sección 22 del magisterio quiere más dinero y poder político del que ha logrado con su huelga. Y la APPO sabe que, sin conflicto, su movimiento se desinfla de un día para otro. De esta forma, a ambos les conviene mantener vivo el enfrentamiento. Saben que ellos ganan mientras no exista la posibilidad real de una intervención de la fuerza pública para restaurar el orden. El presidente Fox ciertamente no tiene ningún incentivo para hacerlo, máxime cuando ha evitado a toda costa las soluciones de fuerza durante todo su sexenio. Para él, lo racional es dilatar el problema y heredárselo a la próxima administración.
En Oaxaca, como en Darfur, los principales actores que podrían contribuir a la solución no tienen incentivos para intervenir. Parafraseando a Packer: Oaxaca —el más grave desastre político de México, que últimamente se está deteriorando y que se pondrá aún peor en las próximas semanas— revela perfectamente la política nacional del momento, enseñando a todos los actores principales tal cual son, a diferencia de como les gustaría aparecer.
LEO ZUCKERMANN


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