lunes, noviembre 13, 2006

1994 ...¿2006?

por Pablo Hiriart
publicado el 13 de noviembre en La Crónica


Algo hay en el ambiente que nos recuerda a 1994.
Con la irrupción de la guerrilla zapatista se creó un clima adverso para el candidato presidencial Luis Donaldo Colosio.
Que no levanta, que no puede. Un “pelele” de Salinas, decían el PRD y su prensa afín.
“Pelele” llama López Obrador a Calderón. Y lo repite la prensa que está de su lado.
Lo bombardean con caricaturas, comentarios hirientes y ataques sin pausa.
También en 94 hubo bombazos mediáticos, a diario. Y bombas de verdad, como ahora.
En las dos sucesiones presidenciales que se descompusieron, 1994 y 2006, el perdedor fue el mismo: Manuel Camacho Solís.

Ahora como ideólogo de Andrés Manuel López Obrador y miembro de la dirección política del Frente Amplio Progresista. Desde ahí dispara su ira contra el presidente “pelele”, Felipe Calderón.
En aquel año como Comisionado para la Paz en Chiapas torpedeaba la campaña del “candidato pelele”, Luis Donaldo Colosio.
En ese ambiente hostil, en que lo seguían con pancartas de “pelele” y otros insultos donde se presentaba, mataron a Luis Donaldo Colosio.
Los ambientes no disparan, es cierto. Pero crean las condiciones para que uno o varios insensatos lo hagan.
Complot, acción concertada, un loco solitario, lo que sea. El hecho es que en un ambiente de hostilidad extrema hacia el futuro Presidente de la República, alguien o varios sintieron que estaban las condiciones propicias para asesinar a Colosio.
Cuidado. Se está construyendo un escenario parecido al de 1994.
Con un agravante: en ese año había un presidente fuerte. Ahora no.
Se juntan otra vez las piezas. La APPO, el PRD, aparición de células terroristas, el ataque —no político— personal en la plaza pública y en letra impresa contra el próximo presidente, crean un ambiente de extrema tensión para la toma de posesión de Felipe Calderón el 1 de diciembre.
Sí, cuidado. Es demasiado el odio que se está esparciendo desde la amargura por la derrota de López Obrador.
Ya unos deschavetados pusieron seis bombas en el Distrito Federal.
Y no fueron bombas caseras ni manufactura amateur de estudiantes exaltados.
Las bombas que estallaron hace ocho días fueron obra de profesionales y los objetivos estuvieron claramente identificados.
Los bancos, el PRI, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación fueron los objetivos de los atentados.
Es decir, los que se eligieron como blancos de las bombas de la semana anterior son las instituciones que López Obrador ha señalado como sus enemigos públicos.
Los banqueros, según él, pagaron la “guerra sucia” en su contra.
El PRI se arregló “arriba” con el PAN para formar el PRIAN y continuar medrando de sus privilegios a costa del sacrificio del pueblo.
Y los magistrados del TRIFE lo despojaron de un triunfo legítimo y van a poner en Los Pinos a un Presidente “espurio”.
Contra ellos fueron las bombas. Más claro el simbolismo, no se puede.
Del terrorismo verbal de López Obrador se pasó al terrorismo físico de un grupo de radicales con capacidad de fuego, que están de su lado.
El 23 de octubre los grupos que ahora se atribuyen los atentados, avisaron que habría reacción armada si había represión en Oaxaca y que están las condiciones dadas para el reagrupamiento de la guerrilla debido al “fraude de estado que se dio en la reciente contienda electoral”.
Ahí dijeron también, por conducto del comandante Vicente, que las “organizaciones (armadas) deben incorporarse a este esfuerzo de impedir a toda costa que el chaparrito Felipe Calderón nos imponga su programa...” (El Sur de Guerrero, 24 de octubre).
Afortunadamente en las explosiones del lunes no hubo muertos, pero pudo haberlos. Si estalla la bomba afuera del Sanborns posiblemente habría desgracias humanas.
O el siguiente paso va a ser bombas contra personas. ¿Por qué no?
En este escenario de odio todo puede suceder: bombas procedentes de cualquier extremo: de la extrema izquierda y de la extrema derecha.
Y la siguiente explosión no va a ser contra el PRI. Si quieren matar, no lo van a hacer contra un partido que parece moribundo en las actuales circunstancias.
Cuidado, están jugando con fuego. Con fuego que mata.
Y López Obrador en lugar de hacer una condena inequívoca al terrorismo, justifica la colocación de bombas.
Los culpables de las explosiones del lunes anterior, según López Obrador, fueron los empresarios, priistas, el gobierno, y desde luego su enemigo favorito Felipe Calderón.
O sea que López Obrador nos dice que bien merecido se lo tienen si les ponen bombas. Las víctimas son las culpables.
Los defensores más ilustrados de López Obrador y de la guerrilla, rechazan que de ese lado del tablero político hayan salido los bombazos, porque tales acciones no favorecen ni a la APPO ni a López Obrador ni al PRD.
Ellos no se benefician de los atentados, dicen, y seguramente así lo creen.
Lo ven desde una lógica democrática, civilizada, que no tienen los grupos radicales ni López Obrador.
Tampoco les beneficiaba tomar Reforma y acampar ahí durante semanas para desquiciar a los ciudadanos que habían votado por ellos.
Tampoco les convenía meterse de manera violenta, en tres ocasiones, a la catedral e insultar al cardenal mientras oficiaba misa.
Ni les convenía tomar Oaxaca, asaltar medios de comunicación, degollar a un profesor disidente, ni llevar a Tabasco el discurso del odio que tenían en el Distrito Federal.
Nada de eso les favorecía y lo hicieron.
Lo hicieron porque su lógica es otra: la de la destrucción de las instituciones.
En Oaxaca para hablar con el estado primero le piden que se rinda.
Que se vaya la PFP, que se vaya Ulises Ruiz, que les dejen la capital en su poder y luego acceden a hablar.
El ambiente está descompuesto y es riesgoso. Como en el 94.
Ahora hay instituciones democráticas sólidas que dan legitimidad a quien gobierne, es cierto.
Pero contra esas instituciones son los dardos y las bombas.
Y el gobierno federal entiende la democracia como un dejar hacer y dejar pasar. Que cada quien haga lo que quiera... Mientras más violento sea el individuo o el grupo que enfrenta al Estado, más impune se vuelve.
Y el gobierno local de Oaxaca echa más leña al fuego por las nuevas muestras de un caciquismo deplorable en esa entidad.
El que fuera secretario de Finanzas de gobernador José Murat, el contador Guillermo Menchú, es ahora el titular de la Contaduría Mayor de Hacienda del Congreso del estado.
Es decir, este legislador es el encargado de revisar y aprobar sus propias cuentas públicas de los años en que fue secretario de Finanzas del ejecutivo estatal.
¿Qué es eso? Así no se puede.
Un terrorista verbal que encuentra eco en terroristas de verdad y los justifica. Una campaña de odio contra el próximo Presidente de la República. Células de guerrilla urbana que apoyan la toma de la capital de un estado. Un gobierno federal que no ata ni desata porque ya se quiere ir. Un gobierno local que ha hecho todo lo posible para que pase lo que está pasando. Y los mismos personajes de mal fario merodean en torno al conflicto...
¿...cómo en el 94... o peor?

PABLO HIRIART