Por Oaxaca
por Catón
publicado el 10 de noviembre en Reforma
Ni en la violencia bárbara de dentro ni en la presión política de fuera debe fincarse la solución del problema de Oaxaca. Si los appos, que muy lejos están de representar a todo el pueblo oaxaqueño, se salen con la suya, se sentará un funesto precedente. (Al hablar de estos precedentes el adjetivo "funesto" hace acto de presencia por sí mismo, sin que lo llame nadie).
En todas partes del país, turbas semejantes podrían ser agitadas por cualquiera que tenga dinero y ambición a fin de causar problemas y conseguir propósitos oscuros. Tampoco una decisión del centro puede obligar a un gobernante electo a renunciar. Me cuesta trabajo dar la razón a Ulises Ruiz y a los priistas que hablan de la soberanía de Oaxaca, pero lo cierto es que lo que dicen es cierto. ¿Vamos a volver a los pasados tiempos en que la suerte de los gobernadores dependía de los manejos hechos en la capital?
Si hemos logrado desterrar el presidencialismo también debemos evitar que el secretario de Gobernación, los senadores o los diputados pretendan erigirse, más allá de las facultades que la ley expresamente les confiere, en dictaminadores de la vida nacional. Enemigos de sobra tiene Ruiz en Oaxaca, pero también, para bien o para mal, tiene partidarios que consideran que debe seguir al frente del gobierno.
La manifestación, auténtica o no, que hicieron quienes lo apoyan superó en número de participantes a las marchas promovidas por la APPO. A esta sospechosa organización se han sumado grupos radicales que propugnan la violencia armada, el terrorismo y la agitación social. Su fin último no es la caída de Ulises Ruiz. Vueltos de espaldas a la realidad, y al tiempo y circunstancia actuales, pretenden hacer una revolución.
Por eso digo que ni la violencia local ni la presión política exterior pueden ser base para resolver el conflicto oaxaqueño. Tampoco una decisión unipersonal de Ulises Ruiz pondría fin al conflicto en modo tal que se recuperaran definitivamente la paz y el orden en esa hermosa ciudad ahora tan lastimada y dolorida.
Sean los propios oaxaqueños quienes encuentren salida a su problema. Y una vez que se escuche la verdadera voz de la comunidad hágase que se cumpla la voluntad de los oaxaqueños, libremente manifestada, aunque para eso deba emplearse toda la fuerza del Estado -jurídica, política y, si es necesario, física-, ya sea para que Ruiz pueda gobernar (esperemos que mejor), ya sea para hacer que salga del cargo que hasta ahora no ha sabido desempeñar con eficiencia
CATÓN
publicado el 10 de noviembre en Reforma
Ni en la violencia bárbara de dentro ni en la presión política de fuera debe fincarse la solución del problema de Oaxaca. Si los appos, que muy lejos están de representar a todo el pueblo oaxaqueño, se salen con la suya, se sentará un funesto precedente. (Al hablar de estos precedentes el adjetivo "funesto" hace acto de presencia por sí mismo, sin que lo llame nadie).
En todas partes del país, turbas semejantes podrían ser agitadas por cualquiera que tenga dinero y ambición a fin de causar problemas y conseguir propósitos oscuros. Tampoco una decisión del centro puede obligar a un gobernante electo a renunciar. Me cuesta trabajo dar la razón a Ulises Ruiz y a los priistas que hablan de la soberanía de Oaxaca, pero lo cierto es que lo que dicen es cierto. ¿Vamos a volver a los pasados tiempos en que la suerte de los gobernadores dependía de los manejos hechos en la capital?
Si hemos logrado desterrar el presidencialismo también debemos evitar que el secretario de Gobernación, los senadores o los diputados pretendan erigirse, más allá de las facultades que la ley expresamente les confiere, en dictaminadores de la vida nacional. Enemigos de sobra tiene Ruiz en Oaxaca, pero también, para bien o para mal, tiene partidarios que consideran que debe seguir al frente del gobierno.
La manifestación, auténtica o no, que hicieron quienes lo apoyan superó en número de participantes a las marchas promovidas por la APPO. A esta sospechosa organización se han sumado grupos radicales que propugnan la violencia armada, el terrorismo y la agitación social. Su fin último no es la caída de Ulises Ruiz. Vueltos de espaldas a la realidad, y al tiempo y circunstancia actuales, pretenden hacer una revolución.
Por eso digo que ni la violencia local ni la presión política exterior pueden ser base para resolver el conflicto oaxaqueño. Tampoco una decisión unipersonal de Ulises Ruiz pondría fin al conflicto en modo tal que se recuperaran definitivamente la paz y el orden en esa hermosa ciudad ahora tan lastimada y dolorida.
Sean los propios oaxaqueños quienes encuentren salida a su problema. Y una vez que se escuche la verdadera voz de la comunidad hágase que se cumpla la voluntad de los oaxaqueños, libremente manifestada, aunque para eso deba emplearse toda la fuerza del Estado -jurídica, política y, si es necesario, física-, ya sea para que Ruiz pueda gobernar (esperemos que mejor), ya sea para hacer que salga del cargo que hasta ahora no ha sabido desempeñar con eficiencia
CATÓN


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