Ulises no se va y...
publicado el 1 de noviembre en Excélsior
Oaxaca hoy es un gobernador que no se quiere ir y un millón 300 mil niños sin clases desde hace cinco meses. Son sus más de diez muertos, de los que sólo se empezó a hablar hasta que fue asesinado por unos pistoleros el periodista neoyorquino Brad Will, de 36 años. Un camarógrafo que grabó la agresión sufrida y su muerte. Y lo hizo cumpliendo con su trabajo, el de informar como lo venía haciendo, hasta ese viernes negro, en Santa Lucía del Camino, municipio conurbado a la capital. Habían transcurrido 161 días de un conflicto que fue rebasando todos los itinerarios posibles.
Que creciera no era un secreto, pero fue cobrando fuerza ante la indecisión, la falta de voluntad política y los desencuentros. Ese viernes hubo más de 20 tiroteos en donde la gente vive dentro de su casa.
La muerte de Brad exigió explicación y respuesta desde Washington y para muchos fue el detonante de lo del domingo. Porque dos días después se usó la fuerza pública, que muchos ya pedían para evitar muertes que, vimos, ocurrieron.
Llegó con sus más de 4 mil 500 agentes la PFP y entraron por ocho flancos, guiados por helicópteros y con 18 tanquetas y vehículos blindados al frente, para desalojar 50 calles y 20 manzanas de un plantón que inició la Sección 22 del SNTE el 22 de mayo y al que se unieron las 340 organizaciones de la APPO, que se formó después: del 17 al 21 de junio.
Oaxaca es más que sus 70 mil maestros que no dan clases en 30 mil escuelas. ¿Qué era peor, que siguiera la apatía y creciendo el conflicto o qué entrara la PFP? De dos opciones se eligió quizá la menos peor, pero tarde. ¿Tenían que haber muerto más de una docena de personas para que así lo decidieran? Fue la presión de EU. ¿Quién tendría que contestar? Y nos dijeron que el conflicto se resolvería como Atenco y como Chiapas, es decir: no se resolvería. Hoy vemos que el desalojo del centro histórico tampoco resuelve el conflicto. El anunciado regreso a clases, una esperanza, ahora es sólo una ilusión. Y los legisladores y los partidos y las dos cámaras parecen responder, pero sólo parecen. Nadie asume la responsabilidad de ofrecer una solución real y nos hacen creer que parece no haberla. El gobernador sigue sin querer irse y dijo que la licencia que le falta es la de conducir.
No obstante, quedó el testimonio de que aun habiendo poderes, no funcionaban. Y que Oaxaca es sinónimo de ingobernabilidad. Pero no es sólo el centro, su capital, sus múltiples municipios, muchos de ellos indígenas con quienes hay deudas de siglos. Es la pobreza multiplicada, el principal problema de siempre, con analfabetismo y el mayor rezago en educación y calidad de ésta.
Ante estas realidades insultantes en este siglo XXI, sigue a la deriva. Sólo crecen: cacicazgos, advertencias, amenazas, grupos de pistoleros pagados. Y nada más se ve que no hay quien resuelva. ¿Cuántos muertos más se requieren y quién habrá de pagar la factura de impunidad ahí prevaleciente? Hoy, como desde el primer día, México se pregunta: ¿Hacia dónde va Oaxaca?
ADELA MICHA

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