Los damnificados del huracán Oaxaca
publicado el 5 de noviembre en Excélsior
En las situaciones de crisis las personas, empresas o instituciones son muy vulnerables. Para salir de ellas se requiere hacer acopio de toda la capacidad y experiencia con que se cuente. Son en estas situaciones cuando se cosecha lo que se ha sembrado. Si una organización blindó su imagen pública a lo largo de los años, muy probablemente saldrá menos dañada o con un impacto menor al de aquélla cuya reputación es mala o deficiente.
El conflicto de Oaxaca ha puesto al descubierto las carencias de muchas partes y ha dejado por los suelos la imagen pública de los involucrados. Aunque ya no debería causar admiración, Vicente Fox demostró otra vez su capacidad para parecer incapaz. Cuando parecía que ya no podría equivocarse más, vuelve a reinventarse a si mismo. Su aseveración sobre que el conflicto oaxaqueño se resolvería con diálogo, igual que como sucedió con Atenco, fue para tirarse al suelo a carcajadas. Siempre cargará con la percepción general de que la incursión de la Policía Federal Preventiva en Oaxaca se dio a raíz de la muerte del camarógrafo estadunidense Bradley Roland Will, y una vez que desde Washington le dieron un jalón de orejas exigiendo "un pronto retorno del imperio de la ley y el orden". Como ya es costumbre, el Ejecutivo modificó también su discurso y de no heredarle el problema de Oaxaca a Felipe Calderón pasó al "¿en qué país del mundo un Presidente no le entrega problemas al próximo Presidente, si todos los problemas están en proceso?".
La imagen del secretario de Gobernación, Carlos Abascal, ha quedado irreparablemente dañada; no quiso asumir ningún costo político y delegó lo indelegable; se lavó las manos al mejor estilo de Poncio Pilatos. Para llevar las riendas políticas del país se requiere más que utilizar el tono evangelizador, las manos sobre el pecho e involucrar a la religión en asuntos terrenales. La percepción que se tenía de él como un buen conciliador en la Secretaría del Trabajo, cambió por la de debilidad. Los ultimátums del funcionario a la APPO y a la Sección 22 del SNTE les hicieron lo que el viento a Juárez. Si Abascal decía que las cosas iban mejor, es que habían empeorado; si declaraba que el fin del conflicto estaba cerca, la gente de Oaxaca se ponía a temblar. Se equivoca Vicente Fox al decir que en su sexenio se acabaron las crisis sexenales. Su palabra y su imagen, como la de muchos de sus funcionarios, han sufrido la más estrepitosa devaluación.
Ulises Ruiz, el incompresiblemente todavía gobernador de Oaxaca, es el ganador indiscutible del concurso "la peor imagen del año", desbancando a Mario Marín, gobernador de Puebla. Ruiz se ha convertido en el blanco (metafóricamente hablando) de críticas. Tanta necedad e insensibilidad resultan chocantes, frustrantes e incomprensibles (nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito). Su propio partido tuvo que hacerle un llamado a pensar mejor su renuncia, ante el impacto negativo sobre la imagen del PRI. Ulises Ruiz se mantiene empecinado en decir que la capital de Oaxaca no es todo el estado sino una parte, en minimizar el problema. ¿En qué mundo paralelo estará viviendo?, ¿en su planeta seguirá siendo gobernador de algo?
En la otra esquina… ¡Los manifestantes! Los que organizaron la fiesta —los líderes de la Sección 22 del SNTE— ya se fueron a su casa y sólo se quedaron los borrachos necios y sus cuates. La APPO nació con la imagen de la intolerancia y debe reconocerse que ha sido congruente con ella. Una de sus figuras principales, Flavio Sosa, es un digno representante del movimiento. Tiene ese look que todo manifestante radical respetable debe tener: cabello largo, si se puede agarrar en una colita, mucho mejor; barba de candado o completa, pero descuidada; outfit de ‘tengo un mes con el mismo pantalón y qué’. Ha logrado que la Asamblea se convierta en fuente de inspiración y, durante estas fechas de Muertos, más de un niño salió disfrazado de integrante de la APPO a pedir su calaverita: "¿Me da mi calaverita o se la armo de tos?". Por supuesto, como en toda pachanga buena, llegan los colados, y ahí están el EZLN, el Consejo General de Huelga (que no se pierde una) y hasta el PRD ha tratado de ingresar, en un tema que le resta más que sumarle.
La propia Policía Federal Preventiva ha salido con una imagen abollada literalmente. Desmoralizante resultó ver a esos policías ‘de elite’ replegarse ante una turba de manifestantes. Mucha gente los vio como una fuerza salvadora que regresaría al estado la paz perdida, otras personas como una provocación que puede traer más consecuencias y derramamiento de sangre. La PFP no se manda sola, pero demostró en tan sólo un día —después de una primera incursión exitosa en el estado— su incapacidad para hacer frente a la APPO y de haber subestimado a la fuerza de este grupo y sus aliados. El titular de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, Eduardo Medina, repitió una y otra vez, a quien lo quiso escuchar, que no era lo que parecía sino todo lo contrario y que sus elementos no huyeron ni se replegaron, sino que simplemente terminaron su chamba y se retiraron. Así pues, lo que miles de mexicanos vieron en televisión fue simple y sencillamente una ilusión óptica. El conflicto de Oaxaca saca a relucir, semana tras semana, la incompetencia, torpeza, intolerancia e impericia de todas las partes.
VIANEY ESQUINCA

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